Bill Gentile über Nicaragua heute

Der bekannte Jour­na­list und Filme­ma­cher Bill Gentile, heute Professor an der School of Commu­ni­ca­tion der American Univer­sity in Washington DC, hat eine Repor­tage über Nica­ragua veröf­fent­licht. Er war zum 19 Juli nach Nica­ragua gereist und hat dort viele Gespräche mit Menschen von allen Seiten geführt. Er kennt Nica­ragua bereits seit 1979, wo er zunächst als Foto­graf und Jour­na­list den Aufstand gegen Somoza und später den Contra­krieg beglei­tete. Seine Zusam­men­fas­sung ist erschre­ckend: Die Gewalt ist allge­gen­wärtig, es gibt keinerlei Möglich­keiten für Proteste und keinen Spiel­raum für unab­hän­gige Bericht­erstat­tung. Daher befürchtet er, daß Nica­ragua in einer neuen Phase extremer Gewalt versinken wird.

*Nica­ragua se dirige hacia una nueva violencia*

31, Julio, 2019

Por: _Bill Gentile_
MANAGUA, Nica­ragua

He visto muchas cosas duras en este país desde la primera vez que vine aquí para cubrir la guerra hace 40 años. Pero lo que vi durante una reci­ente visita de cuatro días fue igual de inquietante.
Durante la „ofen­siva final“ sandi­nista que derrocó a la dicta­dura de Somoza en 1979, foto­grafié cadá­veres carbo­niz­ados prendidos fuego para reducir la propa­ga­ción de enfer­medades y luego destro­zados por animales que buscaban comida. Vi a los Guar­dias Nacio­nales apilar como una cuerda de madera los cuerpos devas­tados de los rebeldes sandi­nistas. Hice fotos de traba­ja­dores de la Cruz Roja inspeccio­n­ando cuerpos de hombres tortu­rados y asesi­nados.
Durante la Guerra de la contra de los años 80, un joven comba­ti­ente me contó con frialdad cómo él y sus colegas se deshi­cieron de algunos prisio­neros que habían tomado cuando luchaban en las montañas del norte. „Tenían caras de perros“, dijo, como si eso lo expli­cara todo. Como si eso fuera cierto.
Foto­grafié a fami­lias de ambos lados de la divi­sión polí­tica trau­ma­tizadas por la muerte o lesiones de sus jóvenes que fueron absor­bidos por una guerra que no bene­fi­ci­aría a ninguna de las partes.
Fueron tiempos de grandes difi­cul­tades, pero también fueron tiempos de gran espe­r­anza. Espe­r­anza de un nuevo comi­enzo en un país cansado de vivir dema­siado tiempo en las garras de una dicta­dura respaldada por Estados Unidos.
Regresé a Nica­ragua este mes, en parte, para presen­ciar la cele­bra­ción del 19 de julio, el 40 aniver­s­ario de la Revo­lu­ción Sandi­nista, y para ser claro, ninguna de las cosas que vi durante mi viaje está a la altura de los horrores de la insur­rección de 1979 o de la guerra de la Contra de una década. Pero lo que encontré fue la base para un nuevo ciclo de violencia.
El descon­tento con sus gober­nantes sandi­nistas ha estado enco­nado durante años entre muchos nica­ra­güenses hartos de la corrup­ción, el nepo­tismo, la arro­gancia y las mentiras de un gobi­erno enca­be­zado por el ex líder de la guer­rilla sandi­nista y ahora el presi­dente Daniel Ortega y su esposa, la vice­pre­si­denta Rosario Murillo.
La crisis estalló en abril de 2018 cuando los estu­di­antes que protes­taban pací­fi­ca­mente por las reformas de las pensiones del gobi­erno fueron reci­bidos con fuerza letal por las fuerzas del gobi­erno y matones pro-sandi­nistas cono­cidos como „turbas“ que mataron al menos a 325 personas e hirieron a otras 2.000, según la Comi­sión Inter­ame­ri­cana de Derechos Humanos. Desde entonces, unos 60.000 nica­ra­güenses han huido del país temi­endo por su segu­ridad personal.
Ortega fue miembro de la Junta de Recon­struc­ción Nacional, inte­grada por cinco personas, que tomó el poder inme­dia­ta­mente después del derro­ca­mi­ento de la dicta­dura de Somoza, insta­lada por Estados Unidos. Fue elegido presi­dente en 1984 después de unas elecciones limpias y super­vi­sadas inter­na­cio­nalmente, inspi­rando un apoyo casi universal y la espe­r­anza de que su país rompiera la tradi­ción de la repúb­lica bana­nera que se había convertido en la regla durante tantos años en tantos países centro­ame­ri­canos. Fue derro­tado en 1990 y, por primera vez en la historia de Nica­ragua, cedió el poder en forma pací­fica a una suce­sora, en este caso Violeta Chamorro.

Después de años de „gobernar desde abajo“, Ortega y el partido sandi­nista volvieron a ganar la presi­dencia en 2007, y desde entonces han hecho tratos diabó­licos para perpe­tuar su dominio en el poder con algunos de los sectores más abor­re­ci­bles de la sociedad nica­ra­güense. Reformó la consti­tu­ción para permi­tirle poten­ci­almente ser presi­dente de por vida. Ahora controla la gran mayoría de los canales de noti­cias e infor­mación. Sus polí­ticas permiten que los ricos se enri­quezcan, esto en el segundo país más pobre del hemis­ferio occi­dental. Para ganarse el apoyo de la Iglesia Cató­lica, aprobó una ley que prohíbe todo tipo de aborto, incluso cuando la vida de la madre corre peligro al conti­nuar con un emba­razo.
Asistí a un mitin en la plaza principal de la capital, Managua. Y aunque la plaza y las avenidas que conducían a ella estaban llenas de decenas de miles de nica­ra­güenses, vi una Nica­ragua dife­rente allí, una Nica­ragua aparen­te­mente vacía del altru­ismo y el idea­lismo que vi en los primeros días del dominio sandi­nista. Vi una Nica­ragua profun­da­mente divi­dida entre parti­da­rios y oposi­tores del dominio sandi­nista. Me sentí incó­modo. Dema­siada gente me mira desde el rabillo de los ojos o detrás de gafas oscuras.

Recorrí el vecin­dario donde viven Ortega y su esposa, y vi un cordón de concreto, acero y hombres con armas de fuego que atrincher­aban el tráfico hacia la casa presi­den­cial desde al menos cinco cuadras de distancia en todas las direcciones.
Vi a para­mi­li­tares del gobi­erno vest­idos de negro custo­di­ando una estación de radio y tele­vi­sión allanada y saqueada por fuerzas del gobi­erno que también encar­cel­aron al dueño de la estación. Visité una iglesia donde las fuerzas del gobi­erno y sus matones mataron a dos mani­fes­t­antes que se habían refu­giado con docenas de personas después de haber sido perse­guidos por la policía y turbas pro sandi­nistas. Vi los impactos de las que se estrellaron contra la iglesia y se clavaron profun­da­mente en sus paredes de hormigón.
Vi a un expe­ri­men­tado corre­sponsal de guerra luchar contra las lágrimas mien­tras describía el levan­ta­mi­ento de abril de 2018 y cómo las fuerzas del gobi­erno y sus aliados murieron aban­don­ados en las calles de Managua.
Los peri­odi­stas me dijeron que son atacados en línea y en las calles sólo por hacer su trabajo. Muchos han huido del país. Vi artí­culos publi­cados en periód­icos de la oposi­ción que se refe­rían abier­ta­mente al gobi­erno sandi­nista como una „dicta­dura“, y que llamaban a Ortega y Murillo „dicta­dores“. Leí venenosas publi­caciones en línea de parti­da­rios del gobi­erno que amen­azaban a los críticos del régimen sandi­nista.
Vi los gigan­tescos árboles de acero deco­ra­tivo erigidos a lo largo de Managua por orden de la presi­denta Murillo, unos 150 en todo el país. Cada uno de ellos cuesta unos 25.000 dólares. Escuché informes de que la import­a­ción de acero para hacer los árboles, la instala­ción de luces en cada uno de ellos, y los guar­dias necesa­rios para prote­gerlos contra los ciuda­danos que los ven como la encar­na­ción de la mala gober­na­bi­lidad y la corrup­ción, todos son mane­jados por empresas propiedad de los hijos de Ortega y Murillo. Y cerca de la mitad de ellos han sido derri­bados por los mani­fes­t­antes.
Visité centros comerciales, restau­rantes, bares y hoteles -ahora en gran parte despro­vistos de turistas extran­jeros- que una vez se congre­garon aquí para disfrutar del sol tropical y de la cálida hospi­ta­lidad de buen humor por la que este país es cono­cido.
Escuché a un ex parti­dario sandi­nista expresar su profunda preo­cup­a­ción de que las polí­ticas actuales del gobi­erno pudieran desen­ca­denar en otra ronda de violencia, lo que signi­fica que toda la sangre y el sudor de los últimos 40 años se derramaron en vano. Cuando todos los medios pací­ficos de cambio se enfrentan a una repre­sión violenta, dijo esta persona, una respu­esta violenta se vuelve inevi­table.
En conver­sa­ciones con nica­ra­güenses, escuché aten­ta­mente y esperé alguna señal de sus incli­naciones polí­ticas, cauteloso de no ofender. Los sandi­nistas todavía tienen apoyo en Nica­ragua. Los críticos argu­mentan, sin embargo, que los sandi­nistas compran ese apoyo con privi­le­gios espe­ciales, favores mate­riales o la segu­ridad de un trabajo decente.
Le preg­unté a un ardiente parti­dario sandi­nista cómo Ortega podía permitir que las cosas se sali­eran de control.
„Ortega no controla ni verga“, dijo esta persona sobre el presi­dente de 73 años de edad („Ortega no controla nada“), mien­tras culpaba a la esposa del presi­dente de la situ­ación actual, una versión de los hechos que escuché repeti­da­mente durante mi viaje.
Mien­tras recorría este país que he aprendido a amar, me preg­un­taba qué diría Augusto César Sandino, o los fund­adores del Frente Sandi­nista de Libe­r­a­ción Nacional (FSLN), del sistema actual llamado „Sandi­nismo“. Me preg­un­taba si pensarían que la versión actual del sandi­nismo es un reflejo válido, o una muta­ción, de sus ideales origi­nales.
En la mañana de mi partida de Nica­ragua, hice las maletas y paseé por la habit­a­ción del hotel. A través de las ventanas del hotel observé cómo las palmeras se mecían con la brisa del verano, el cielo afuera de un azul alegre y bril­lante totalmente incon­sis­tente con la oscu­ridad de mi corazón. Caminé un poco más, trat­ando de procesar todas las cosas difíciles que había visto aquí. Me senté en el borde de la cama, contem­p­lando el espectro de otra convul­sión nacional de violencia.
Para este viaje, ya había visto sufi­ci­ente.